A Dante le faltó un canto.
El de los que descienden al Inframundo en bolsas blancas por decreto. No los juzgó Minos enroscando la cola, los juzgó el soberano en Santa Marta ante los fusiles incautados, y al cerrar el discurso lanzó el alarido, «¡Que viva Cristo Rey!», mientras prometía mandarlos al infierno en una bolsa. No es realismo mágico.
El infierno puede ser retórica; la bolsa, no.
Nadie discute sus crímenes, la extorsión, el narcotráfico, los cadáveres propios, y MORTEX no viene a canonizar sicarios. Lo inquietante es otra cosa. En la Commedia Dios dicta la condena y el poeta apenas visita el lugar donde se cumple; aquí el soberano se sienta en el trono del Juicio Final y adelanta la sentencia en una rueda de prensa.
El poder siempre quiso ser teología, y ahora le basta un micrófono.
Las ondas invocan a Dios, pero quien responde navega sobre el Magdalena. Caronte ya no le cobra el pasaje al muerto sino a los vivos, porque un senador propuso una vaki nacional para comprar treinta mil bolsas y el peaje del río se convirtió en colecta ciudadana. El pueblo paga el pasaje de sus enemigos.
Treinta mil bolsas calculadas antes que los muertos. Nadie compra empaque para una mercancía que no piensa producir. Primero se nombró el infierno, después se financió el empaque, y los cuerpos vendrán a llenarlo.
Cada bolsa vacía es un cadáver en camino.
El soberano, forense de turno que certifica las muertes que ordena, camina entre los bultos como entre paquetes incautados, y el cadáver se vuelve prueba de gestión, cifra en el balance, trofeo de gobierno.
Pero no todos alcanzaron bolsa. Siete llegaron a la morgue con cadena de custodia; seis se quedaron en el monte, sin extraer, sin barca ni expediente. El Estado no abolió el limbo, lo administró. Embolsa, traslada, registra e incorpora al expediente a los que puede exhibir, y a los demás los deja pudrirse donde cayeron.
Hasta el Inframundo lleva archivo, pero solo de los que se pueden fotografiar.
El infierno dejó de ser una geografía moral para convertirse en un protocolo logístico.
Las almas ya no esperan la barca, esperan un número de radicado.
Sobre el Magdalena ya no vuelan las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia. Vuelan gallinazos.
Vitam Et Mortem — Caronte