Nunca entraste a esa sala. Toda tu vida la pasaste en ese pasillo, esperando a que alguien te atendiera y te dijera que te estabas muriendo. A eso le llamaron ser ciudadano.
Cada cuatro años te dejan elegir quién entra a leer el dictamen. Firmas en blanco, eliges al forense de turno y vuelves al pasillo. Crees participar. Elegiste una firma. La sentencia sigue siendo la misma; cambia la caligrafía con que te firman.
No te consueles con la sala vacía. Esa es la mentira tranquila. El horror no es que la silla esté vacía. Funciona: decide quién muere y quién sigue esperando.
Es espectral.
Pero no sobre lo que miras. Tu vida no se decide en esa sala. Se decide en cuartos sin urna, sin himno, sin ceremonia, todos los días, sobre tu carne. El precio de tu remedio, la hora en que empieza y termina tu cuerpo cada mañana, el valor que alguien pone al lado de tu nombre. Nada de eso está en el tarjetón, todo está sobre ti. La sala del veredicto es la única que te dejan mirar. Las otras no tienen puerta a la calle.
Ese es el último conjuro que te queda cuando ya no crees en dios. Creer que tu vida se lee en esa silla. Y como todo el que reza en la puerta equivocada, le das la espalda, sin saberlo, a la única que decide.
No es el voto. Es la espera. Puedes votar toda la vida y ser fiel en el pasillo. Puedes no votar nunca y esperar el veredicto con la misma devoción.
El conjuro no está en el tarjetón. Está en la cabeza girada hacia la puerta por donde nunca sale nadie.
La silla tiene dos poderes. Uno mata y no le importa si lo miras: el presupuesto, la ley, el fusil. Ese no lo tocas con los ojos. El otro se lo diste tú —concediéndole que ahí se lee tu vida, esperando el veredicto ahí— y ese es el único que puedes retirar.
Por eso voltearte no es girar hacia un cuarto mejor. No hay cuarto mejor esperándote. No hay alternativa. Es dejar de alimentar la puerta. La legitimidad que le concedías haciendo cola era tuya. La estabas emitiendo hacia arriba, gratis, en cada espera.
Retírala.
No te salva. Lo que mata sigue matando. Solo se cae la parte que delegaste. Y lo que dejes de emitir no se evapora: queda abajo, en el pasillo, entre los que esperaban contigo. Qué se hace con eso no es asunto de esta página.
Ya sabías que esa espera era una entrega. El voto es lo que te dieron para que siguieras entregando de cara a la puerta.
Voltearte, no. Deja de mirarla.