REC

ARQUITECTURAS DEL VACÍO

Anatomía de un umbral que consume

MΩRTEX ∴ Nocturno Culto ∴ Serie Liminal

Jul 202612 min lectura

∴ atraviesa

Llegué a mi espacio de trabajo. El lugar estaba vacío, frío, fantasmal — como siempre. Apenas dos almas rondaban por sus islotes, escritorios uniformados que hacen del espacio un no-lugar, un umbral burocrático donde el silencio no es el de los cementerios sino el de los repositorios: cuerpos almacenados, no enterrados, suspendidos entre la vida y la muerte en sillones donde se pudren los sueños.

Pasillo institucional vacío de noche, piso reflejante bajo luces fluorescentes tenues y un cono de seguridad naranja solitario.

I

Me acordé de los pasillos universitarios. Un día me quedé helado contemplando esa arquitectura de salones idénticos, y comprendí — o creí comprender — para qué servían. No para enseñar. Para condicionar. Para que los cuerpos aprendieran a soportar la penumbra, a llamar realización a lo que es rendición. Cada salón era una habitación de enfermos psiquiátricos al borde de la locura: la clase como medicación, el profesor normalizado como psiquiatra de guardia, los estudiantes como pacientes que aún no saben que ya perdieron la esperanza.

Vitrina hacia una oficina vacía con una camilla y luz fluorescente, edificio de la ciudad visible a través de la ventana.

II

La oficina es el mismo edificio. Diferente piso, misma arquitectura del olvido. Los cubículos se alinean como féretros de pie: espacios donde la existencia se frustra en silencio, donde nadie grita porque el agotamiento ya hizo el trabajo del sistema. Como dijo Bernhard: en lugar de suicidarse, la gente va a trabajar. No es una ironía. Es una descripción clínica.

Pasillo de oficina con cubículos vacíos en fila, iluminado por luces de techo que se pierden en la distancia.

III

Bifo Berardi lo supo: el trabajo disciplinario no solo organiza el tiempo, organiza la imaginación. La necroburocracia no administra instituciones, administra deseos. Firmamos documentos cuya finalidad desconocemos, cumplimos indicadores que no nos pertenecen. La máquina continúa aunque haya olvidado por qué comenzó a moverse. Y nosotros con ella — muertos en vida en lista de espera.

Los monstruos no salen de ninguna habitación. Son los que ya están. Aprendieron a simular temperatura, a fingir propósito, a sostener conversaciones sobre el fin de semana como si el fin de semana importara algo. Uno de ellos levanta la vista cuando paso. Por un instante no sé si me está reconociendo — o si simplemente está viendo su propio reflejo.

Ventana hacia una oficina vacía con una impresora en primer plano y luz cenital cayendo sobre un escritorio desocupado.

IV

El futuro está muerto. Por estos pasillos, estos ascensores, estas salas de reunión sin ventanas, han pasado miles de personas que nadie recuerda. Espacios sin identidad, sin historia acumulada, que existen solo como tránsito hacia otra parte — y aun así esa descripción es demasiado amable. El tránsito al menos es neutro. Esto es otra cosa: un umbral que consume. Un espacio que extrae algo de quien lo habita sin devolver nada — ni memoria, ni nombre, ni rastro.

Atravieso este umbral. Lo atravesaré hasta no tener que hacerlo más. Y cuando cruce al otro lado, no miraré atrás — quizá regrese como pesadilla, pero ya sin expectativa. El ciclo habrá muerto.

Cuarto de máquinas abandonado con gabinetes eléctricos oxidados y sillas viejas apiladas sobre un piso desgastado.

V


¡Desprecio, desprecio, desprecio!
Sobre el viento feroz, bajo noches estrelladas,
entre el clamor de los bosques han de morir
nuestras ansias de ahuecada importancia,
y la razón de nuestra historia.
¡Marchitas esperanzas en lo humano!

— AGRESTIA, Agreste Manifiesto