Siete y treinta y cuatro de la mañana. El tiempo que tardó una placa en decir lo que la tierra siempre supo y nosotros, como siempre, ignoramos. Unas horas más tarde llegó el silencio de los que ya no van a levantarse, entre escombros. Después, el ruido de los que corren a buscar culpables, en el cielo o en el infierno, en cualquier parte menos donde de verdad está.
No existen los desastres naturales.
El movimiento de la tierra no constituye, por sí solo, la catástrofe. La tierra siempre tiembla, es roca liberando lo que acumuló durante siglos, y no le debe nada a nadie ni significa nada. La geología no odia, no castiga, no manda mensajes perversos o divinos. Lo catastrófico de todo esto es otro asunto, y camina en dos pies. Firma decretos desde el escritorio. Autoriza edificar en zonas de riesgo. Ofrece permisos de construcción a cambio de dinero. "Desastre natural" es el nombre que le ponemos al terremoto para no tener que nombrar a los cómplices del desastre.
Tratan de convencernos de que somos frágiles ante el planeta Tierra. Cuidado con ese ante. Esa palabra vuelve a poner un vidrio entre tu cuerpo y el mundo, y esta vez lo pinta de humildad para que no lo veas. Frágil ante la naturaleza suena casi piadoso, y tú mirándolo temblar a través de un cristal falso.
No hay tal cristal. Morton llama hiperobjetos a ciertas entidades tan repartidas en el tiempo y el espacio que ninguna experiencia las muestra enteras. El calentamiento global, la radiación, el plástico y los residuos nucleares que seguirán aquí mucho después de nosotros. Reales, viscosas, inabarcables. No estás frente a ellas, no son un afuera que te roza. Eres parte de ellas, ya participas de sus efectos.
El terremoto es de otro orden material, pero rompe la misma ilusión. Tampoco vino a visitarte desde una naturaleza exterior. Ocurrió en el mundo geológico del que tu cuerpo es un préstamo corto. Tú también eres peso, masa, mineral, gravedad. Materia sudando, cotizando, facturando, llorando, muriendo. Nunca hubo puerta de entrada porque nunca existió un afuera.
Y aquí muere el holismo, no se invierte, muere. No es que todo esté conectado en una gran red armoniosa y divina donde cada hilo de dios vibra con toda su creación. Esa es la mentira bonita, el new age, la falsa comunión espiritual, la lógica del rebaño aplicada a la vida. El todo no desaparece, pierde el trono. El bosque existe pero no agota sus árboles, los árboles existen pero tampoco agotan el bosque. Ninguna totalidad tiene soberanía sobre lo que reúne. El país es menos que el Chocó.
Por eso todas las partes importan, y no por amor universal. Importan porque ningún Todo tiene derecho a tragárselas. Si el todo fuera más, siempre habría una razón superior para sacrificar la parte pequeña, la nación sobre el muerto, la especie sobre el bicho, Gaia sobre la vereda. El holismo es esa falsedad, el permiso del sacrificio, la lógica fascistoide aplicada a la naturaleza. No hay un Todo que redima las partes, no hay un Todo que garantice la salvación. Solo partes extrañas, irreductibles, pegadas unas a otras sin fundirse, coexistiendo sin comunión. Estar conectado no es estar a salvo. La malla es también parásito, contagio, depredación, extinción. El bosque no es madre, el animal no es aliado, la roca no es sabia. Nadie es uno con nada.
Y justo por eso nada es prescindible.
Donde no hay salvación, el dogma la fabrica. En su asqueroso credo nos hicieron creer que el infierno habita bajo nuestros pies. Poner al fuego y a los condenados bajo los pies posibilitó poner la esencia, el alma, la salvación, la patria del milagro, arriba. Mentira funcional. Bajo los pies no hay demonios, hay humus. De ahí proviene el humano, el humilde, no de mirar al cielo sino de estar hecho de barro y suelo.
El diez de agosto la tierra se abrió desde su propia hondura, su grieta, su herida. Más de cien kilómetros abajo, en el sótano que el dogma llama infierno, una placa se movió y dejó expuesto quién había sido condenado de antemano. No era un demonio hablando desde el subsuelo. Era el reparto quedando a la vista, bajo una luz de piedra. Y el epicentro cayó donde el país lo tenía todo preparado. En el Chocó. El sótano necropolítico, negro, abandonado, sin norma ni rescate ni cámara. Chocó puso el epicentro y el silencio. El Eje Cafetero puso la torre caída de Manizales, el techo roto del aeropuerto de Pereira, los muertos que sí se cuentan, la transmisión en vivo. La misma sacudida, dos tratamientos.
La geología no discrimina. El reparto sí.
¿Quién sobrevive? La pregunta viene torcida. El campesino que vio caer la estructura de su casa en la vereda no lo mató el temblor. Lo mató el olvido, años antes, y el lunes solo le entregaron el veredicto por escrito.
La muerte administrativa precede a la sísmica.
El certificado venía firmado desde el día en que decidieron que a esa vereda no llegaba el Estado sino en campaña. El sismo no decidió nada. Ejecutó una sentencia vieja. Sobrevive quien ya estaba del lado protegido del reparto. El resto no murió el lunes. Murió cuando lo pusieron en el olvido, y el lunes apenas se supo.
Alguien escribe el acta. Alguien pone "causa natural" en el renglón, y con esas dos palabras absuelve de un solo trazo a la placa, al constructor, a la inmobiliaria, al código, a la clase, al que no mandó el rescate. El forense de turno es el punto donde la tierra inocente y la mano culpable se funden en una sola firma. "Desastre natural" no es un dato de la geología. Es un dictamen. Alguien decidió que la causa fue la tierra y no la mano, y lo puso por escrito con letra tranquila.
Estás dentro. No hay afuera del reparto porque no hay ventana, nunca la hubo, la rompimos hace rato. El detective que persigue al asesino descubre su propia mano en el cuchillo. Cómplice es apenas el nombre que tiene el sin-ventana visto desde adentro. Pero saberlo no te salva ni te condena. Solo te ubica. Y dentro no se está igual. La complicidad es un gradiente, no un reparto parejo de culpa. El que firma el acta y el campesino cuya casa cayó están los dos dentro, con manos distintas. Sobre los escombros no cae ninguna gracia. Llueve ceniza en el departamento del Tolima, que arde en incendios. Esto sucede, alguien firma. Alguien vota, muere.
Mientras se muere, se firman decretos. Estados de excepción que facultan al forense de turno, la arbitrariedad hecha ley para sostener lo insostenible. Y mientras unos escarban buscando cuerpos, otro llega a posar sobre la ruina, monta el gesto solidario y sube la foto a su instagram. Munición para las regionales del 2027. El muerto aún tibio y ya es capital de campaña.
La pregunta no es quién murió. Ya sabemos quién murió. Los de siempre, los de abajo, los del sótano, los que el mapa tenía marcados desde antes del primer temblor.
La pregunta es quién sostiene la pluma, y quiénes se la entregaron.