Futuros Perdidos

No Pasarás

Sobre el palantír que sí existe, y la advertencia que Tolkien dejó escrita

Ago 2026 5 min lectura

Ayer Gandalf apareció en Buenos Aires, no en Moria, no ante el oscuro Balrog, sino ante la mansión de Peter Thiel.

Un grupo de manifestantes vestidos como el viejo mago levantó la frase que medio siglo después todavía funciona como advertencia. You shall not pass. No pasarás.

La cita no es gratuita. En El Señor de los Anillos, Gandalf pronuncia esas palabras bloqueando el paso del Balrog en las profundidades de Moria, mientras detrás de él escapan los que deben escapar — hobbits, un enano, hombres, un elfo. Gandalf se queda solo en el puente. La escena siempre trató del poder sin necesitar decirlo.

Por eso hay algo tolkieniano en que la protesta terminara frente a la casa de Peter Thiel, cofundador de Palantir Technologies, la compañía de análisis masivo de datos cuyos sistemas operan en inteligencia, defensa, seguridad y gobierno.

El nombre viene de los palantíri, las piedras videntes de la Tierra Media. Esferas que mostraban lugares y hechos lejanos, que se comunicaban entre sí a través de la distancia. No predecían el futuro sino algo más inquietante — mostraban lo que ocurría donde el ojo humano no lograba percibir.

Aun así, Tolkien dejó una advertencia que la industria olvidó citar.

Ver más no es comprender más.

Las piedras mostraban cosas reales, pero solo una parte, y una imagen verdadera e incompleta produce conclusiones falsas. Peor todavía, quien mira puede ser mirado de vuelta. Saruman creyó dominar su palantír y terminó siendo su instrumento; Denethor miró demasiado, vio fragmentos de verdad, y esos fragmentos lo llevaron a la pira. La piedra no miente, aunque tampoco protege a quien la usa de la mano que observa desde el otro lado. Ver más, siendo mago, no basta si no se ejerce el discernimiento.

Gandalf lo entendió antes que nadie y nunca tocó un palantír. No por falta de curiosidad, sino por saber exactamente lo que Saruman no supo.

El instrumento de vigilancia total no tiene dueño, solo usuarios temporales.

Décadas después una empresa dedicada a convertir volúmenes gigantescos de información en poder operativo tomó ese nombre. La ficción cerró el círculo sin que nadie tuviera que forzarlo. Lo que Zuboff llamó capitalismo de vigilancia — el comportamiento humano como materia prima, la predicción y la modificación de conducta como producto — encontró en Palantir su forma más honesta. Karp no lo esconde, y no hay conspiración donde hay declaración.

Palantir es lo que el capital quiere ser cuando deja de fingir que observa por nuestro bien.

Así fue como una esfera imaginada para ver a distancia terminó nombrando a una de las compañías más poderosas del mundo en la actualidad. Uno de sus fundadores compró una residencia en Buenos Aires, y frente a esa residencia unos hombres vestidos de Gandalf le dijeron que no podía pasar.

Detrás del disfraz había una cifra concreta. El fondo de Thiel invirtió en Vista Energy, uno de los operadores centrales de Vaca Muerta, la cuenca de hidrocarburos que Argentina ofrece como promesa de futuro extractivo.

El palantír no solo observa, también decide qué tierra vale la pena poseer.

No hizo falta inventar la metáfora porque ya estaba escrita. Solo faltaba alguien dispuesto a pararse en el puente sabiendo que el Balrog, esta vez, tiene nombre y dirección fiscal.

En Colombia no apareció ningún Gandalf, y tampoco hobbits ni enanos — nadie que huyera, nadie que resistiera, nadie que hiciera comunidad frente al paso del espectro. Abelardo de la Espriella asumió la presidencia el mismo agosto en que Thiel fijaba su apuesta en el sur, y antes de cumplir un mes de gobierno ya tenía sobre la mesa la recomendación de usar Palantir contra las bandas criminales. Nadie se paró frente a la Casa de Nariño, ni frente a las sedes alternas de la presidencia, porque el palantír no necesita conquistar un país que le abre la puerta.

Al final Tolkien puso el ojo y el capital tecnológico construyó la máquina. Alguien, ayer, volvió a levantar el bastón, sin saber todavía, como Gandalf tampoco supo en Moria, si el puente aguantaría.

La aventura frente al tecnofeudalismo apenas comienza en Latinoamérica.

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